Otra de las cosas a destacar en Zambujeira fueron nuestros días de playa.
Lo primero que hacíamos al levantarnos era ir al coche, desayunar algo y directos a la playa con nuestra comida y nuestra shisha para pasar el día.
Debido a la cantidad de gente que había en el festival, la playa de Zambujeira (aunque era preciosa) estaba infestada de multitudes que impedían disfrutar de la tranquilidad del mar; así que nos vimos obligados a buscar otras opciones como la Playa de San Andrés.
Aunque no sabemos si realmente se llama así, el nombre es lo de menos; lo importante es que se trataba de una calita a unos kilómetros del pueblo a la que se llegaba a través de un camino de tierra sin indicaciones y muy poco transitado. Un camino malo para el coche pero demasiado lejos como para ir andando. Al asomarnos al “acantilado”, nos enamoramos de la playita aunque bajar fue una aventura superada gracias al conocimiento de la monitora en actividades de cuerda (XD) y a nuestras habilidades escalatorias. Bajar por ese “camino” de piedras, descender ayudado por una cuerda y sufrir por intentar mantener el equilibrio merece la pena cuando disfrutas de una Superbock bajo una sombrilla escuchando el mar. Echar una carrera por llegar a la helada agua del Atlántico es una de las mejores cosas que podían suceder este verano.
Los demás días, limitados por la gasolina del coche, optamos por otra playa casi tan desierta como la de San Andrés pero algo más accesible. Para llegar a la calita, había que bajar igualmente por las rocas, aunque en esta podía hacerse (dificilmente) con chanclas. Odio la siesta; pero me pareció increíble ser capaz de relajarme y dormir en una playa con gente, en la que todo el mundo permanecía en ese estado de relax en el que sólo importan las olas chocando contra las piedras.
Lo que no podía faltarnos era, sin duda, nuestra pequeña Mitsuba; que aunque no la hemos presentado, aprovechamos este post para hacerlo. Conoceréis sus secretos más adelante así como recetas, trucos y sus viajes. De momento dejamos una foto para el primer contacto:

Otras de las particularidades de la playa, era el nudismo que practicaban algunos de sus visitantes. No había espacio para el pudor en una playa tan pequeña y con tan poca gente, en la que la mayoría de las personas que se asomaban antes de intentar bajar, renunciaron al maravilloso paisaje sólo por la dificultad de su camino.
En resumen, nunca ví un mar más bonito que el de aquella tranquilidad.